Ceniza de un recuerdo
Esa noche se cumpliría otro año de que se llevaron a su marido. Él había ido a comprar cigarros. La noche que se desapareció ella sólo encontró su encendedor en la calle. Era un regalo que ella misma había mandado hacer. Tenía las iniciales de ambos y la fecha en que se conocieron grabadas sobre la tintura plateada. No había dos iguales.
No tenían hijos y no pasaban mucho tiempo juntos. Apenas se hablaban o se tocaban, pero se amaban. Él la amaba. Aquella noche sólo había sido una jugada más del destino, se lo habían arrebatado y ahora debía estar muerto. “¡Desgraciados!” pensó, ni siquiera le enviaron una nota de rescate, ni un dedo o una oreja. Sólo la sentencia de negarle volver a ver a su marido.
Más de una vez había creído ver su fantasma. Se parecía mucho al que solía ser su marido, pero no podía ser él. Se aparecía con otra mujer y evitaba a toda costa su mirada. No, no era él. Su marido la amaba.
Ese año era tan bueno como cualquier otro para dejarlo ir. Estaba cansada de esperar a que un día volviera. Después de tanto tiempo la esperanza había desaparecido. A falta de un cuerpo, tomó aquellas pertenencias que él había dejado atrás: un libro que llevaba años en su mesa de noche, un par de fotografías, un juego de barajas y unos calcetines. Incluso fue a la tienda a comprar una caja de los cigarros que él solía fumar. No quería que faltara el aroma que tanto extrañaba.
Tomó el encendedor que le había regalado y lo quemó todo. Con las cenizas llenó una taza, la que él solía utilizar por las mañanas. Aquello era lo más parecido a una despedida que jamás podría tener. Tomó la urna y con plástico de cocina la tapó, para no derramar las cenizas antes de tiempo. Emprendería un viaje al que solía ser su rincón alejado del mundo.
Al caer la noche tomó el auto y manejó en dirección a un pequeño estanque a las afueras de la ciudad, no era ningún lugar mágico o particularmente hermoso, simplemente era el sitio al que acudían de vez en cuando dos personas que se amaban.
En el camino pasó por un agujero y el auto rebotó de manera agresiva. Tanto movimiento provocó que la taza que llevaba a su esposo se rompiera un poco.
La mujer estaba concentrada en contener sus lágrimas y en conducir al lugar al que debía ir para despedirse del hombre al que amaba. No notaba nada más a su alrededor. Llevaba los vidrios abajo y la radio a todo volumen. La ceniza se fue escapando por la ventana en pequeñas dosis.
Al llegar al estanque ya no quedaba nada. Por segunda vez le habían quitado a su esposo sin que ella pudiera decirle adiós.
